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En Memoria de Jose del Castillo (1920-2002)

Fundador del Laboratorio de Neurobiología del Recinto de Ciencias Médicas de La Universidad de Puerto Rico
 

Reminiscencias personales

De las primeras cosas que averigué al incorporarme a fines de 1971 a la Escuela de Medicina de la Universidad de Puerto Rico fue que don José del Castillo trabajaba aquí, en el Laboratorio de Neurobiología del Viejo San Juan. Seguía yo utilizando entonces el "don" con que nos dirigíamos a los catedráticos en Madrid. Aquí don José era "el doctor del Castillo"; o, en los predios del Laboratorio, simplemente "el doctor". Para los que venían de latinoamérica atraídos por su fama don José era "el maestro". Para mí, que procedía de la cátedra de Fisiología del profesor don Antonio Gallego, en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, José del Castillo tenía un aura muy especial. Sabía de su contribución a la investigación de la transmisión sináptica colinérgica y de que se trataba de un científico con categoría de Nobel. Si lo era o no lo era no me preocupaba mucho en aquel entonces, conociendo la belleza, profundidad y transcendencia de su trabajo. Fue más tarde cuando me enteré de que, en 1970, el premio Nobel de Medicina fue otorgado a Sir Bernard Katz, con quien don José había trabajado en Inglaterra en los años cincuenta. En su conferencia al recibir el Nobel ("On the quantal mechanism of neural transmitter release"), el 12 de diciembre de 1970, el profesor Katz menciona que se concentrará en el trabajo hecho con sus colegas Paul Fatt, José del Castillo y Ricardo Miledi. Cabe notar, sin embargo, que el avance decisivo de aspectos muy destacados de estas investigaciones parecen coincidir precisamente con la presencia de José del Castillo en el grupo, como lo sugieren los títulos y contenido de las publicaciones del período 1953 a 1956 en que aparece el nombre de José del Castillo como primer autor.

La Escuela de Medicina de la Universidad de Puerto Rico aún ocupaba a principios de los setenta el edificio de la Escuela de Medicina Tropical en Puerta de Tierra, relativamente cerca del Viejo San Juan. Así que tuve la suerte de coger la clase de Bioquímica durante mis estudios doctorales en el Laboratorio de Neurobiología, con el doctor Efraín Toro Goyco, buen amigo de don José, quien mantenía en el mismo edificio su laboratorio de investigación.

Si la Escuela de Medicina tenía una situación privilegiada en relación al Atlántico -tan sólo una carretera nos separaba de una hermosa playita donde podía uno bajar a darse un chapuzón revitalizante en la tarde, al finalizar el trabajo-, el Laboratorio de Neurobiología avanzaba hasta quedar colgando sobre el propio océano, en zona de acantilado, de donde se extraía limpia agua de mar para las peceras. Su pared norte eran las mismísimas murallas de los terrenos del castillo del Morro, con garita de centinela incluída, a la que se accedía desde el patio del propio Laboratorio.

Subir al techo del edificio por el reducido agujero disponible nos permitía contemplar un singular espectáculo. La fortificación del Morro se alzaba imponente al fondo, hacia el oeste. El Cementerio del Viejo San Juan se me antojaba particularmente bello y rebosante de serenidad allá abajo junto al mar, salpicado de la alegría multicolor de las flores sobre impecables blancos, todo brillante bajo el sol tropical. El barrio La Perla, al otro lado, si no fuera por su fama, parecería un tranquilo e idílico barrio de pescadores sacado de un cuento.

Meterse en la garita por el angosto pasillo y observar el mar desde allí era transportarse a la época del descubrimiento, de los conquistadores y de los galeones, alterado solamente por la extraña aparición de los enormes cruceros y de las grandes plataformas alargadas llenas de contenedores rectangulares, flotando a lo lejos.

Coger clases de Bioquímica allí era un raro privilegio, una atractiva experiencia que se añadía a muchas otras que ofrecía Puerto Rico al recién llegado. Me encantaba observar las empotradas peceras de la planta baja del Laboratorio, siempre nítidas y llenas de vistosos animales tropicales: gusanos que parecian flores, y que se retraían a su tubulífera residencia ante la menor alarma, camarones extraños de largos apéndices que parecían caminar sobre zancos, langostas, cangrejos, peces tropicales como de fantasía con originales diseños y vívidos colores, estrellas y erizos de mar con gruesas espinas. Para mí, que había pasado en mi niñez y adolescencia veranos de tres meses enteros en Noalla, un pueblecito de la costa gallega, entretenido pescando, coleccionando insectos y cuanto animalito aparecía por los campos, montes y playas de los alrededores, atrapando ranas, disecando crustáceos, tratando de criar arañas, insectos palo y mantis religiosas para estudiar su vida y costumbres, y fracasando, desde luego, en todo intento de conservar animalillos marinos en primitivos recipientes de cristal, este espectáculo era fascinante.

Los animales que veía en estas peceras, la mayoría destinados para la investigación, aunque no faltaban los que desempeñaban un papel puramente decorativo, eran recogidos por don José y el zoólogo Faustino Mckenzie en salidas de colección de especímenes en la lancha del Laboratorio, buceando por los arrecifes de islas y cayos del este de Puerto Rico. Se contaba que el mismo don José se tiraba al agua para atrapar una langosta, de cuya degustación participaría después algún científico invitado.

Una pareja de monos, Pancho y Nena, mascotas de Don José, brincaban por las palmeras del jardín del Laboratorio. Según decían, tuvo que traérselos de la casa por razones obvias para la mayoría de los mortales.

En mis estudios doctorales tuve el privilegio de que el doctor del Castillo fuera uno de los miembros de mi comité de tesis. Me sentí fuertemente honrado por esto, y aún me siento orgulloso de que su firma esté estampada en la primera página de mi tesis. En ella trataba de probar el efecto de los extractos tóxicos de un coral blando abundante en los arrecifes del este de Puerto Rico, Palythoa caribeorum, sobre un enzima de gran importancia para toda célula, la "ATPasa dependiente de sodio y potasio" de la membrana plasmática, y aislar la sustancia o las sustancias inhibidoras responsables del efecto. Extractos de una variedad de Palythoa muy tóxica originaria de Hawaii fueron usados allí por los nativos para envenenar flechas y los efectos neurofisiológicos de la mortal toxina (palitoxina) se estaban estudiando en el Laboratorio de Neurobiología. Como yo había trabajado con el enzima "ATPasa dependiente de sodio y potasio" del intestino de cobayos, el doctor Toro Goyco me propuso estudiar el problema, como parte de una colaboración con don José del Castillo. Dada la plena confianza que en ambos tenía, acepté inmediatamente que ese fuera el tema de mi tesis doctoral. En el curso de la investigación don José hizo traer al Laboratorio una enorme anguila eléctrica del Brasil, cuyo órgano generador de electricidad (electroplaca) es muy rico en el enzima "ATPasa dependiente de sodio y potasio". Mientras hacía la tesis, allí estuvo la pobre anguila en una piscina especial de agua dulce, esperando que, cuando fuera necesario aislar enzima, se le cortase una rodaja de cola con la porción correspondiente de electroplaca. La herida sellaba por su cuenta y la anguila se recuperaba. Yo purificaba el enzima de las células de la electroplaca, y probaba la capacidad de los componentes de los extractos de Palythoa para inhibirla.

José del Castillo era un biólogo nato, fiel a su destino de sacarle los secretos y ocultos mecanismos a la Naturaleza, tarea de la que gozaba profundamente y que vivía con toda intensidad. Era muy habilidoso manualmente. A este respecto se me vienen a la memoria inmediatamente sus famosos microelectrodos múltiples para estudios neurofisiológicos, que nadie fabricaba como él y que atraía a numerosos, ávidos aprendices desde todos los sitios del mundo.

El tema que le ocupó en los últimos años -del que tengo conocimiento directo- fue sobre el mecanismo que usaban ciertos erizos de mar para inmovilizar sus espinas sin gastar casi energía. El trabajo se publicó en The Biological Bulletin 188(1995)120-127, bajo el título "Catch in the Primary Spines of the Sea Urchin Eucidaris tribuloides: A Brief Review and a New Interpretation", por José del Castillo, David S. Smith, Ada M. Vidal y César Sierra. Ya abrumado por la enfermedad de Parkinson, me explicaba un día que lo visité al Laboratorio, cómo ocurría esto utilizando para ello un modelo de cuerdas y maderas. No hacía falta entender sus palabras -tarea ya extremadamente difícil-: el ingenioso modelo lo decía todo. La contracción de unas pocas fibrillas de músculo aumentaba de modo muy eficiente el rozamiento de las fibras que sujetaban la espina, quedando ésta bloqueada mecánicamente con un mínimo gasto de energía. Un pequeño tirón de las cuerdas simulaba la contracción muscular y el mecanismo de inmovilización, entendiéndose mejor de este modo el fenómeno que con cualquier explicación vocalizada.

Este es solo un ejemplo de la claridad de expresión que José del Castillo obtenía en sus seminarios con los dibujos que improvisaba en la pizarra, o sobre una hoja de papel cuando personalmente instruía a sus estudiantes, haciendo parecer increíblemente sencillo lo que explicaba.

Nota biográfica

Conchita Zuazaga, PhD, catedrática de Fisiología asignada al Laboratorio de Neurobiología, preparó una semblanza de José del Castillo con motivo de su nombramiento, en 1990, como Profesor Emeritus de la Escuela de Medicina de la Universidad de Puerto Rico. Por su larga asociación con José del Castillo, me ha parecido adecuado dejarle la palabra y reproducir, con su permiso, dicha semblanza.

El Dr. José del Castillo ha estado vinculado a nuestro Recinto de Ciencias Médicas desde el año 1959, cuando se incorporó a la facultad del Departamento de Farmacología de la vieja Escuela de Medicina Tropical, en Puerta de Tierra, como Catedrático Asociado. A su llegada a Puerto Rico poseía ya un destacado historial como investigador y profesor en prestigiosas universidades de los Estados Unidos, Inglaterra, Suiza y España, y había ocupado el cargo de Director de la Sección de Neurobiología Clínica de los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos por espacio de dos años.

José del Castillo Nicolau nació en Salamanca, España, en 1920. Realizó sus estudios de Medicina en la Universidad de Salamanca donde obtuvo la Licenciatura en Medicina en 1945. Siendo estudiante de medicina, publicó, en 1941, sus primeros trabajos científicos: uno sobre los efectos de los compuestos de indol en la motilidad intestinal y otro sobre la neuroanatomía del plexo nervioso axilar. Posteriormente obtuvo el doctorado en Medicina en la Universidad (Complutense) de Madrid, España, tras un trabajo predoctoral en fisiología en el Middlesex Hospital Medical School de Londres bajo la dirección del profesor Samson Wright. Durante este tiempo estudió, además, los efectos fisiológicos de los llamados gases de guerra, los organofosfatos sintetizados en Alemania, y publicó los resultados de este trabajo en la revista Nature(London), en 1947.

En 1948-49 realizó estudios postdoctorales en la Universidad de Berna, Suiza, subvencionado por una beca de la companía Sandoz. Allí se adiestró en la disección de fibras individuales del nervio mielinado y descubrió la acción bloqueante de los iones metálicos sobre la conducción nerviosa, trabajo que tambien se publicó en Nature(London), en 1951. Permaneció en Suiza en el Departamento de Fisiología y Biofísica de la Universidad de Berna como conferenciante auxiliar (lecturer) hasta que regresó a Inglaterra en 1953, al University College de Londres, donde comenzó a trabajar en el Departamento de Biofísica como investigador y conferenciante junto al profesor Bernard Katz. Colaboró allí con los trabajos que establecieron finalmente el mecanismo de la transmisión sináptica en la placa motora del vertebrado y que más tarde le valieron al profesor Katz recibir el premio Nobel en Medicina. El doctor del Castillo contribuyó brillantemente a esas investigaciones, comprobando el efecto activador del calcio sobre la liberación del neurotransmisor y postulando la teoría cuántica para la liberación del neurotransmisor. Estos trabajos aún siguen siendo referencias obligadas en cualquier libro de texto que toque el tema de la transmisión sináptica. En 1956, fue a los Estados Unidos como profesor visitante de Fisiología en la Escuela de Medicina de la Universidad del Estado de Nueva York. Allí colaboró con K.C. Coles, John Moore y Jerome Lettvin en el desarrollo de la técnica de fijación de voltaje (voltage clamp) en el axón gigante del calamar y el nodo de Ranvier. El análisis de los resultados obtenidos en esta última preparación permitió por primera vez cuantificar los parámetros de los canales individuales de sodio en la membrana del nervio.

En 1960, fue nombrado Director de nuestro Departamento de Farmacología y, en 1961, los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos le distinguieron otorgándole un "Research Career Award" (Premio a una Carrera de Investigación), el cual ha disfrutado ininterrumpidamente hasta el presente.

Sus extraordinarias dotes científicas y su gran visión creadora lo llevaron a concebir el proyecto de establecer en nuestro Recinto un laboratorio de primera categoría, provisto con instrumentación para estudios electrofisiológicos y ultraestructurales, y con facilidades para coleccionar y mantener especímenes vivos, que permitiera utilizar la rica fauna de esta isla, terrestre y acuática, tanto marina como de agua dulce, en la investigación biomédica.

En 1967 el doctor del Castillo recibió de los Institutos Nacionales de Salud un donativo inicial por más de medio millón de dólares para establecer el centro interdisciplinario e interdepartamental por él concebido, dedicado al estudio de la estructura y la función de los tejidos y las células excitables. Este centro, llamado entonces Laboratorio de Neurobiología, es el actual Instituto de Neurobiología. Está ubicado desde su fundación en un amplio edificio originalmente perteneciente a las instalaciones del Fuerte Brooke en el Viejo San Juan, el cual fue alterado y renovado considerablemente para su uso como un centro de investigaciones. Este fue organizado en tres áreas de estudio: neurofisiología, neuroquímica y farmacología, y neuroanatomía e histología, incluyendo un laboratorio de microscopía electrónica, y una serie de facilidades ancilares tales como laboratorios fotográficos, talleres de electrónica, de carpintería y de maquinaria, terrarios, tanques de agua de mar y de agua dulce, y botes de colección de especímenes marinos.

El doctor del Castillo dirigió este Instituto hasta el 1986. Desde esta posición comenzó a formar un fuerte grupo de investigación en las neurociencias. Actualmente, por lo menos seis facultativos de este Recinto pertenecen al grupo de estudiantes puertorriqueños formados en esa escuela. El doctor del Castillo hizo de este Instituto un centro que alberga ya a diez investigadores independientes con sus respectivos técnicos, estudiantes, y personal administrativo y de apoyo, y el cual sirve además como centro de reunión para todos los investigadores y académicos de Puerto Rico interesados en el estudio de las neurociencias, y como centro muy destacado de atracción internacional en ese campo. La productividad científica de este Instituto ha sido reconocida por los Institutos Nacionales de Salud, que le han brindado apoyo continuo y subvencionado su donativo principal por más de 20 años.

La productividad científica del doctor del Castillo durante todos estos años ha sido amplia y de extraordinaria calidad según lo evidencian sus más de 150 publicaciones y los honores recibidos local e internacionalmente. En 1987, la Universidad de Puerto Rico reconoció la meritoria labor realizada por el doctor del Castillo otorgándole el título de Profesor Distinguido del Recinto de Ciencias Médicas. En ese mismo año, la Escuela de Medicina de la Universidad del Caribe honró su destacado historial científico concediéndole un Doctorado en Medicina Honoris Causa.

Su contribución a la formación de científicos puertorriqueños ha sido sumamente destacada, habiendo asesorado a más de 20 estudiantes doctorales, de maestría y de nivel subgraduado. Los que hemos sido, y somos aún, sus discípulos, deseamos aprender de este extraordinario maestro su gran humildad, su incansable tenacidad, su paciencia sin límites y su profundo respeto por sus estudiantes. En el día de hoy en que se le otorga la distinción académica de Profesor Emeritus al doctor José del Castillo, nosotros, sus discípulos puertorriqueños, aprovechamos la ocasión para decirle: "Por su ejemplar compromiso con la formación de los estudiantes de esta su isla adoptiva, gracias, José".

El Laboratorio de Neurobiologia

Dejémosle ahora la palabra al propio José del Castillo. quien, en prosa sencilla y directa, relata las vicisitudes que se atravesaron en la creación del Laboratorio de Neurobiología. El texto original, en inglés, aparece publicado como editorial, por invitación, en la revista científica Puerto Rico Health Sciences Journal 3(1984)155-157, cuya traducción publicamos aquí con autorización del editor de la revista.

ORIGEN Y CRECIMIENTO DEL LABORATORIO DE NEUROBIOLOGÍA EN EL RECINTO DE CIENCIAS MÉDICAS DE LA UNIVERSIDAD DE PUERTO RICO

La publicación en este volumen del Puerto Rico Health Sciences Journal de varios artículos basados en trabajos realizados en el Laboratorio de Neurobiología me ofrece la oportunidad de resumir brevemente la historia y logros de este Laboratorio y, quizá, hacer algunos comentarios sobre sus posibles actividades futuras.

El Laboratorio de Neurobiología del Recinto de Ciencias Médicas de la Universidad de Puerto Rico se estableció en 1967 con la generosa ayuda del donativo (grant) Proyecto Programático #NS-07464, del entonces llamado Instituto Nacional de Enfermedades Neurológicas y Ceguera (NINDB), ahora convertido en el Instituto Nacional de Enfermedades Neurológicas y Comunicativas y Apoplejía (NINCDS). Este donativo se encuentra ahora en su décimoctavo año. El Laboratorio ha recibido tambien fuerte apoyo del Recinto de Ciencias Médicas, Universidad de Puerto Rico (UPR).

El propósito original del Laboratorio, que ha permanecido igual a lo largo de los años, fue establecer una facilidad de investigación interdisciplinaria e interdepartamental que diera acceso a la rica y variada fauna local, tanto terrrestre como marina, ofreciendo así a los investigadores los resultados de la experiencia evolutiva en forma de tejidos y células particularmente adecuados para la elucidación de problemas biológicos específicos.

La presente Escuela de Medicina del Recinto de Ciencias Médicas de la UPR es descendiente directa de la Escuela de Medicina Tropical de Puerto Rico, una institución orientada hacia la investigación que operó en San Juan, bajo los auspicios de la Universidad de Columbia de Nueva York, desde mediados de la década de los veinte hasta 1950. Sus actividades de investigación fueron particularmente vigorosas en los campos de la parasitología y zoología médica, bioquímica, nutrición y química de productos naturales. Esta tradición de investigación todavía impregnaba el ambiente cuando me trasladé a Puerto Rico en enero de 1959, tras haber estado trabajando dos años en los Institutos Nacionales de Salud (NIH) y haber pasado un verano entero en el Laboratorio Biológico Marino de Woods Hole.

Después de familiarizarme con los arrecifes de coral y cayos que, rebosantes de vida, rodean nuestra isla, se me hizo obvio que la rica fauna marina ofrecería excitantes posibilidades de investigación. Los invertebrados habitantes de los bosques tropicales representaban otra fuente única de organismos para investigación. Lo que hacía falta con urgencia para explotar estos recursos era un laboratorio de primera, dotado de instrumentación tanto para estudios estructurales como electrofisiológicos, así como de facilidades óptimas para coleccionar y conservar especímenes, tanques de agua marina y terrarios.

El intento de usar las facilidades de la UPR del Recinto de Mayagüez en la Isla de Magueyes no tuvo éxito, ya que este excelente laboratorio se estaba comenzando a transformar en una estación de campo. Así que empecé a buscar medios de desarrollar el Laboratorio que tenía en mente dentro del contexto de las facilidades de investigación biomédica disponibles entonces en Puerto Rico, que se concentraban, desde luego, en la Escuela de Medicina de San Juan.

Esta idea fue recibida con mucha simpatía en el Laboratorio de Fisiología Perinatal (LPP), un laboratorio de investigación intramural de NIH montado en Puerto Rico para aprovechar la colonia de primates establecida en Cayo Santiago por la Escuela de Medicina Tropical. Algunos de los científicos que visitaban regularmente ese laboratorio eran amigos de mis días en NIH y, además de estar yo interesado en su principal línea de trabajo, fisiología y patofisiología perinatal en monos, ellos estaban tan ansiosos como yo de emplear invertebrados marinos para estudios neurofisiológicos. Con frecuencia discutimos las varias posibilidades abiertas ante nosotros. En un momento determinado a mediados de los sesenta, parecía que un espacio disponible en las instalaciones del LPP en Puerta de Tierra, cerca del Club Náutico de San Juan, podría ser usado para montar tanques marinos. Había una fuente cercana de agua de mar limpia próxima al Fuerte San Jerónimo, de donde podría ser bombeada al LPP por medio de una tubería flotante. Por desgracia, los planes que tenía NIH con relación al LPP cambiaron inesperadamente. Primero, decidieron trasladar este laboratorio al Centro Médico de Puerto Rico; y, eventualmente, se le relocalizó en el continente, próximo al recinto principal de NIH.

Cuando este proyectó se desplomó, consideré otras posibilidades y, tras consultar de cerca con NIH, decidí solicitar un donativo del tipo proyecto programático para montar un nuevo laboratorio dentro de la Escuela de Medicina de la UPR. El nombre del proyecto, "Laboratorio de Neurobiología", fue en realidad sugerencia del Dr. Richard Masland, en aquel momento director del NINDB. La solicitud fue sometida en 1966, siendo aprobada y dotada económicamente en 1967, año en que empezamos a construir la nueva facilidad.

El edificio de la vieja Escuela de Medicina Tropical representaba una localización excelente para un laboratorio marino porque, cruzando la carretera al norte de este solar de cuatro acres, existía una playa protegida con agua maravillosamente limpia. Con sólo abrir un túnel bajo la carretera se podría tener acceso separado e independiente desde la Escuela hasta esa playa. Sin embargo, el espacio era un lujo en el viejo edificio, que para entonces albergaba las Escuelas de Odontología y de Medicina Preventiva y Salud Pública, además de la Escuela de Medicina. Por esta razón busqué un nuevo sitio. Uno de los más atractivos que encontré era el Laboratorio de Investigación del Ejército de Estados Unidos, que estaba en el proceso de ser devuelto al Gobierno del Estado Libre Asociado (Commonwealth) de Puerto Rico. Pero el Gobierno ya había planeado su demolición. En su lugar, se nos ofreció como alternativa otro edificio del ejército americano, un anejo al Hospital Rodríguez del Ejército, en el Viejo San Juan, usado como dormitorio de enfermeras. Este edificio, localizado cruzando la calle frente al viejo Convento de los Dominicos (que hoy día alberga al Instituto de Cultura Puertorriqueña) es la presente sede de nuestro Laboratorio. Un edificio en forma de C, de tres pisos, con más de 20,000 pies cuadrados de espacio de laboratorio, un salón para seminarios, y oficinas y talleres. Además, en los bajos existen tanques equipados con un sistema de agua de mar circulante con una capacidad total de unos 10,000 galones, que nos permite mantener especies tan diversas como equinodermos y tiburones.

Aparte del trabajo de investigación realizado usando animales convencionales de laboratorio, como ranas, ratones y conejillos de indias (güimos), en los últimos diecisiete años se ha conseguido un progreso significativo en el estudio de especies locales de invertebrados marinos y terrestres.

Uno de los invertebrados marinos estudiados primero en el Laboratorio fue el gran gusano poliqueto Sabellastarte magnifica, que decora como flor los arrecifes de coral, con sus tentáculos plumosos colectores de alimento. La doctora Gladys Escalona de Motta y sus estudiantes resumen el trabajo hecho con este invertebrado; sus recientes estudios farmacológicos sugieren la presencia en estos organismos de sitios de reconocimiento que pueden caracterizarse como receptores colinérgicos primitivos.

Otro invertebrado marino estudiado en el Laboratorio, tambien poliqueto, es Syllis spongiphila, que fue investigado durante dos años por la doctora Margaret Anderson Olivo, que luego ha continuado sus estudios en Northampton, Massachussetts, con gusanos provistos por nuestra división de Zoología. El doctor David S. Smith, Profesor de Zoología de la Univesidad de Oxford, en Inglaterra, y colaborador regular de este Laboratorio, estudió la estructura de las células mioepiteliales de Syllis. La doctora Anderson contribuye a este volumen con un artículo sobre la función del preventrículo, órgano formado por estas interesantes células musculares.

Un invertebrado terrestre, pero tambien acuático, que se consigue localmente es el camarón de agua dulce Atya lanipes. Las fibras musculares que forman los músculos flexores ventroabdominales de este organismo normalmente son inexcitables eléctricamente. Sin embargo, se puede inducir excitabilidad eléctrica en estas células por medios químicos, modificando las proteínas de su membrana externa. La doctora Conchita Zuazaga ha estado estudiando este proceso con la ayuda de reactivos que se combinan con los grupos sulfhidrilo de las proteínas de membrana, mostrando que la excitabilidad depende de la activación de protocanales de calcio. En este volumen aparece un trabajo en que se revisa el papel de los grupos SH y S-S de las proteínas de membrana.

Se ha investigado tambien en este Laboratorio un raro invertebrado, Peripatus, una de las pocas especies del filum Onichophora, que, hasta no hace mucho tiempo, se creía representaba un eslabón perdido entre anélidos y artrópodos. La ultraestructura de Peripatus, particularmente la de sus músculos y uniones mioneurales, ha sido estudiada por el doctor Grahan Hoyle de la Universidad de Oregon en Eugene. Su destacado trabajo sobre el tema mostró que Peripatus no está relacionado ni con los anélidos ni con los artrópodos. La inervación de los músculos de Peripatus y la función de las uniones mioneurales del músculo longitudinal dorsal de este organismo han sido estudiadas por el doctor Hoyle y por mí en este Laboratorio.

Otro desarrollo reciente y de interés en neurobiología de invertebrados ha sido el descubrimiento de un sistema de nervios en las espinas del erizo de mar tropical Diadema antillarum. El doctor Smith y yo hemos demostrado que el sistema nervioso de este equinodermo, que se creía terminaba a nivel de la base de las espinas, se extiende en realidad hacia arriba hasta la punta de la espina. En efecto, cada espina primaria contiene de 18 a 21 nervios, y cada uno de ellos está compuesto por unas 1000 neuritas en la base de la espina que se van reduciendo hasta unas 100 en la punta. Se cree que se trata de fibras nerviosas sensoriales, pero su significación fisiológica exacta aún no se ha establecido.

Las investigaciones de este Laboratorio tambien han incluído el estudio de venenos y de toxinas de origen marino. Se encontró que el veneno de la araña local viuda parda (Latrodectus geometricus) activa de modo discreto el mecanismo de liberación de aceticolina de la unión mioneural de vertebrados.

Al momento presente intentamos elucidar el mecanismo de la acción excitadora que sobre músculo esquelético tiene la toxina aislada del coral Palythoa caribaeorum. Los requerimientos iónicos de esta acción indican que la toxina altera la permeabilidad de la membrana tanto a iones de sodio como de calcio. Estamos asimismo manteniendo trabajos colaborativos con investigadores del Laboratorio Marino de La Parguera y del Departamento de Química de la UPR, Recinto de Río Piedras, para la obtención y análisis de la acción de las sustancias tóxicas implicadas en la ciguatera, ese envenamiento humano asociado con la ingestión de varias especies de peces tropicales. La epidemiología de esta enfermedad en Puerto Rico ha sido estudiada recientemente en colaboración con el Colegio de Farmacia.

El progreso significativo logrado en el estudio de estas preparaciones de invertebrados a través de los esfuerzos de científicos locales e invitados que han aprovechado las facilidades brindadas por el Laboratorio es la mejor prueba del éxito de la idea de explotar la rica fauna de esta isla como fuente de modelos únicos para la investigación biomédica. Tengo la esperanza y expectativa de que el apoyo continuado de NIH y del Recinto de Ciencias Médicas de la UPR refuerzen los cimientos de este Laboratorio. Sólo de esta manera podrá seguir siendo el sitio en que se ofrecen oportunidades de investigación a científicos y estudiantes interesados en problemas neurobiológicos que pueden ser resueltos de modo único usando los recursos disponibles en el ambiente marino y terrestre de Puerto Rico.

Epílogo

La huella creativa dejada por el doctor José del Castillo entre nosotros será permanente y es muy probable se vaya intensificando de algún modo u otro. Su contribución científica es de valor universal y se ha consolidado en el tiempo, pasando la prueba más difícil de permanencia. Descanse en paz tras su generosa empresa.

Sixto García Castiñeiras, MD, PhD
Catedrático
Escuela de Medicina
Universidad de Puerto Rico

San Juan de Puerto Rico, Noviembre de 2003
Publicado en ENCUENTRO (Revista de la Asociación de Profesores Universitarios Españoles en Puerto Rico), años XVI-XVII, Núms 26-27, pp:169-181, 2003.